La Asamblea General de Naciones Unidas concluye su semana de alto nivel con más liturgia que materia y una evidencia difícil de disimular: el mundo puede necesitar más que nunca una institución capaz de ordenar sus conflictos, pero las principales decisiones sobre seguridad, comercio, tecnología y energía se toman cada vez más fuera de ella y muy alejadas de los criterios de paz y cooperación que algún día inspiraron el ente.
Durante cinco días, cerca de 130 jefes de Estado y de Gobierno pasaron por Nueva York para repetir, con diferentes matices, las palabras que forman parte del vocabulario diplomático desde 1945: paz, soberanía, cooperación, derechos humanos, desarrollo y multilateralismo. La propia ONU había escogido como lema de esta Asamblea “Restaurar la confianza, gestionar la transformación: una ONU que cumple para todos”.
Por lo general, los analistas de los principales medios de comunicación coinciden en que la realidad parece avanzar en dirección contraria.
Las guerras de Oriente Medio y Ucrania dominaron buena parte de las intervenciones. Gaza volvió a concentrar denuncias y llamados a una solución política, mientras el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán incorporó una nueva dimensión a una región que ya arrastra varios frentes abiertos. Ucrania, por su parte, continúa sin una salida negociada capaz de modificar sustancialmente el escenario militar.
El secretario general António Guterres, en su último discurso ante la Asamblea antes de dejar el cargo en diciembre después de 10 años en los que la institución ha entrado en crisis existencial quizá irreversible, habló de un mundo en el que las antiguas “grietas” se han convertido en “abismos”. Reclamó defender la Carta de Naciones Unidas y el derecho internacional sin dobles estándares y advirtió que la fuerza no puede convertirse en el árbitro definitivo de quién tiene derechos y quién no.
La paradoja es evidente: mientras Guterres pedía contener el poder mediante la ley, una parte creciente de la política internacional vuelve a organizarse alrededor del poder como instrumento para modificar la ley, las fronteras o las reglas comerciales: Netanyahu despreció a sus interlocutores y Trump habló abiertamente de destruir el Tribunal Penal Internacional, que reclama precisamente al presidente israelí.
El unilateralismo gana terreno
La intervención de Donald Trump ante la Asamblea fue una muestra de esa nueva realidad. El presidente estadounidense reivindicó la fortaleza de su país, defendió la soberanía nacional y presentó la acción unilateral como una alternativa frente a lo que considera la lentitud de las instituciones multilaterales. “Mientras otros han hablado, yo he actuado”, resumió su discurso.
No se trata solamente de Estados Unidos. Rusia mantiene su guerra contra Ucrania. China amplía su influencia económica y diplomática. Irán intenta conservar capacidad de negociación en medio de su enfrentamiento con Washington. Potencias regionales como Turquía, India, Arabia Saudita o Brasil buscan mayor margen de maniobra. Y numerosos países de África, Asia y América Latina reclaman que el sistema internacional deje de estar diseñado alrededor de un pequeño grupo de potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.
El resultado es una transición todavía sin arquitectura definida.
Hay más centros de poder, pero no necesariamente más coordinación. Hay más actores capaces de bloquear decisiones, pero no necesariamente más capacidad para construir acuerdos. Y hay una competencia creciente por energía, minerales críticos, tecnología, mercados, rutas comerciales y capacidad militar.
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